Durante unos años en España pareció que digitalizar una empresa consistía en hacerle una web.
Una web, redes sociales, algún portátil, un CRM si nos poníamos serios y cuatro automatizaciones si alguien había aprendido a usar Zapier.
Y ya.
Empresa digitalizada.
La cosa habría tenido cierta gracia si no hubiéramos gastado una cantidad absurda de dinero público en convencer a todo el país de que aquello era transformación digital.
No lo era.
Era comprar cosas digitales.
Que no es exactamente lo mismo.
El problema no fue hacer webs.
Las webs hacen falta.
El problema tampoco fue ayudar a pequeñas empresas a comprar ordenadores, implantar software o empezar a vender por Internet.
Todo eso puede ser útil.
El problema fue llamar digitalización a la suma de esas cosas.
Porque en el momento en que llamas transformación a comprar una herramienta, dejas de hacerte la pregunta importante:
¿qué estamos transformando exactamente?
Y durante bastante tiempo nadie pareció demasiado interesado en responderla.
Había dinero.
Había subvenciones.
Había proveedores.
Había formularios.
Había una fecha límite.
Y apareció una industria entera alrededor de eso.
Empresas que nunca habían hecho estrategia tecnológica descubrieron de repente que eran agentes digitalizadores.
Agencias que hacían páginas web pasaron a transformar negocios.
Consultoras empezaron a tramitar subvenciones.
Distribuidores vendían equipos.
Todo el mundo digitalizaba algo.
El proceso tenía una lógica maravillosa: una administración necesitaba gastar dinero destinado a digitalización y miles de proveedores necesitaban vender algo que pudiera etiquetarse como digitalización.
Los intereses encajaban perfectamente.
Lo de menos era si después la empresa funcionaba mejor.
Y eso probablemente sea lo más grave.
Porque una empresa no se digitaliza cuando cambia sus herramientas.
Se digitaliza cuando cambia su capacidad para entender lo que ocurre y actuar sobre ello.
Cuando los datos dejan de vivir desperdigados.
Cuando un proceso deja de depender de que María se acuerde de enviar un Excel.
Cuando ventas sabe qué está pasando con sus oportunidades.
Cuando producción y administración no representan dos empresas diferentes.
Cuando la información tiene estructura.
Cuando el conocimiento no desaparece cada vez que alguien se va.
Cuando puedes automatizar una decisión porque antes has conseguido definirla.
Cuando una máquina puede participar en el sistema sin que para hacerlo tengas que explicarle toda la empresa desde cero.
Eso es bastante menos vistoso que estrenar una web.
También es bastante más difícil de subvencionar mediante un catálogo.
El WordPress era la parte fácil
Quizá dentro de unos años resulte extraño mirar atrás y recordar que una de las grandes respuestas europeas a la transformación digital de las pymes consistió en financiar páginas web y redes sociales.
No porque fueran inútiles.
Sino porque eran la capa más superficial del problema.
Era como subvencionar la pintura de una fábrica cuando lo que necesitábamos era entender cómo estaba construida.
Una web no hace digital una empresa.
Instagram no hace digital una empresa.
Un portátil no hace digital una empresa.
Ni siquiera un ERP hace digital una empresa.
Puedes tener todas esas cosas y seguir funcionando exactamente igual que hace veinte años.
De hecho, ocurre continuamente.
Empresas con un ERP que exportan datos a Excel para poder entenderlos.
Empresas con CRM donde nadie confía en la información.
Empresas con cinco plataformas distintas que no comparten contexto.
Empresas con miles de documentos digitales que dependen igualmente de una persona que sabe dónde está cada cosa.
Empresas extremadamente informatizadas y muy poco digitalizadas.
Porque informatizar y digitalizar tampoco son lo mismo.
Y ahora ha llegado la inteligencia artificial y nos está enseñando la diferencia de una manera bastante cruel.
La IA ha llegado y ha encontrado un trastero
De repente queremos agentes.
Queremos copilotos.
Queremos modelos que entiendan nuestra empresa.
Queremos automatizar procesos.
Queremos preguntar a una inteligencia artificial qué está pasando con las ventas, por qué cae el margen o qué clientes deberíamos atender primero.
Y entonces descubrimos algo incómodo.
La IA necesita contexto.
Necesita datos.
Necesita permisos.
Necesita información estructurada.
Necesita sistemas conectados.
Necesita saber qué significa cada cosa.
Necesita infraestructura.
En definitiva, necesita buena parte de todo aquello que llevábamos años posponiendo mientras celebrábamos que una empresa ya tenía una web responsive.
Y no tenemos solo un problema dentro de las empresas.
También empezamos a descubrir el problema por encima de ellas.
Infraestructura de computación.
Centros de datos.
Capacidad energética.
Chips.
Modelos.
Cloud.
Redes.
Datos.
Talento.
Dependencia tecnológica.
Durante años hablamos de soberanía digital mientras buena parte de la infraestructura sobre la que construíamos nuestra economía pertenecía a otros.
Ahora que la inteligencia artificial empieza a convertirse en una capa básica del sistema económico, resulta que la pregunta ya no es quién sabe hacer una campaña en Instagram.
Es quién tiene capacidad para ejecutar modelos, almacenar datos, desarrollar tecnología, operar infraestructura y convertir todo eso en productividad.
La diferencia no es pequeña.
Es la diferencia entre usar tecnología y tener capacidad tecnológica.
El problema nunca fueron los vendehumos
Es tentador culpar a las agencias que duplicaron WordPress, al distribuidor que vendió un portátil demasiado caro o al consultor que descubrió una vocación repentina por la transformación digital en cuanto apareció una subvención.
Y una parte de responsabilidad tienen.
Pero sería demasiado cómodo.
Los vendehumos aparecen cuando construyes un sistema que recompensa vender humo.
Si defines digitalización como una lista cerrada de productos subvencionables, obtendrás exactamente eso:
productos subvencionables.
Si pagas por entregar una web, tendrás webs.
Si pagas por abrir redes sociales, tendrás redes sociales.
Si pagas por instalar software, tendrás software instalado.
El sistema hizo precisamente aquello para lo que estaba diseñado.
Ese es quizá el problema más interesante.
No falló.
Funcionó.
Solo que medíamos otra cosa.
Medimos implantaciones cuando deberíamos haber medido capacidades.
Medimos herramientas cuando deberíamos haber medido transformación.
Medimos actividad cuando deberíamos haber preguntado si aquellas empresas eran ahora capaces de trabajar, decidir, aprender y competir mejor.
Y esa diferencia entre lo que medimos y lo que creemos estar midiendo aparece constantemente.
En administraciones.
En empresas.
En dashboards.
En educación.
En marketing.
Creamos una categoría porque necesitamos hacer la realidad manejable.
Después olvidamos que la categoría era una simplificación.
Y finalmente empezamos a gestionar la categoría como si fuera la realidad.
“Empresa digitalizada”.
Una casilla.
Un expediente.
Una factura.
Una web publicada.
Problema resuelto.
Ahora viene la factura
Europa habla cada vez más de competitividad.
De productividad.
De infraestructura.
De inteligencia artificial.
De soberanía tecnológica.
De capacidad industrial.
No parece casual.
La IA simplemente está acelerando una conversación que tendríamos que haber tenido antes.
Porque puedes comprar herramientas durante veinte años y seguir sin construir capacidad.
Puedes subvencionar miles de webs y seguir dependiendo tecnológicamente de empresas extranjeras para prácticamente toda la infraestructura importante.
Puedes llenar una pyme de software y conseguir que siga sin saber cuánto gana realmente con cada producto.
Puedes tener todos los datos del mundo y no haber construido un sistema capaz de relacionarlos.
La digitalización importante era esa.
La aburrida.
La que no se podía fotografiar para una nota de prensa.
Infraestructura.
Datos.
Procesos.
Interoperabilidad.
Conocimiento.
Formación.
Capacidad técnica.
Criterio.
Todo aquello que permite que después una web, un ERP, una automatización o una inteligencia artificial sirvan realmente para algo.
Quizá el gran error de aquellos años fue pensar que digitalizar significaba añadir tecnología a lo que ya existía.
Cuando probablemente significaba algo bastante más incómodo:
replantear cómo funciona todo lo que había debajo.
Y eso no cabía en un bono para hacer un WordPress.
Deja una respuesta