El otro día estaba viendo un videoclip de Kerala Dust y me sorprendí pensando algo que hace unos años no se me habría ocurrido por culpa de un pequeño delay entre imagen y sonido.
¿Esto es de antes o de después de la inteligencia artificial generativa?
No me interesaba tanto la fecha. Me interesaba otra cosa.
¿Están tocando de verdad? ¿Eso se grabó alguna vez? ¿Hay alguien detrás de cada instrumento, de cada plano, de cada detalle?
Y entonces me di cuenta de que estaba haciendo algo bastante extraño: desconfiar de una obra antes incluso de decidir si me gustaba.
Tampoco quiero idealizar el pasado. Los videoclips llevan décadas utilizando montaje, playback, efectos y artificios. La autenticidad nunca ha sido tan sencilla como poner una cámara delante de un músico.
Pero ahora la sospecha se ha vuelto automática. Algo está demasiado bien hecho y aparece una pregunta incómoda: «¿Será IA?».
Y con la pregunta llega otra cosa: una especie de descuento sobre su valor.
Lo extraordinario empieza a parecernos menos extraordinario porque ya no sabemos cuánto esfuerzo humano estamos viendo.
Una época de máscaras impecables
Pienso en una escena que podría darse perfectamente en un instituto.
Un director recibe correos de alumnos escritos con una seguridad jurídica espectacular. Párrafos impecables. Argumentos aparentemente sólidos. Un tono que casi parece salido de un despacho de abogados.
El director responde: «Venid al despacho y lo hablamos».
Y esa seguridad, de repente, se evapora.
No significa necesariamente que los alumnos no tengan razón. Puede haber timidez, miedo a discutir cara a cara o mil razones para no querer ir. Pero la escena ilustra un problema nuevo: hoy podemos proyectar una capacidad comunicativa muy superior a la que somos capaces de sostener por nosotros mismos.
Podemos parecer brillantes antes de haber pensado demasiado.
Y eso es una máscara bastante poderosa.
No me preocupa que alguien utilice IA para redactar una reclamación. Al contrario. Si una persona tiene algo legítimo que decir y antes no sabía expresarlo, que ahora pueda hacerlo me parece un avance.
Me preocupa otra confusión: tomar un texto bien construido como prueba de que detrás hay un pensamiento igual de bien construido.
La IA puede prestarnos una voz extraordinaria. No garantiza que tengamos algo extraordinario que decir.
La escritura va a perder valor. Y eso no tiene por qué ser malo
Durante mucho tiempo escribir bien ha sido una ventaja competitiva.
Expresar una idea con claridad, evitar faltas, estructurar un informe, construir un argumento o redactar un correo profesional marcaba diferencias reales entre personas.
Ahora cualquiera puede disponer de un primer borrador que, al menos formalmente, suena muy competente.
Eso cambia el valor de la habilidad.
No creo que vaya a desaparecer la buena escritura. Creo que va a dejar de ser tan excepcional la escritura correcta.
Y hay algo francamente positivo en eso.
Vamos a leer muchos menos mensajes ininteligibles. Personas que antes no se atrevían a escribir podrán explicar mejor lo que necesitan. Equipos pequeños podrán hacer trabajos que antes requerían capacidades o presupuestos fuera de su alcance.
La tecnología eleva el punto de partida. A veces de una manera exagerada. Nos permite diseñar, programar, investigar, analizar o producir cosas que ni siquiera habríamos intentado solos.
No nos vuelve automáticamente más sabios. Pero nos permite hacer mucho más con lo que sabemos.
La contrapartida es interesante: también la mediocridad podrá presentarse con una elegancia espectacular.
Un argumento vacío puede estar perfectamente puntuado. Una idea convencional puede convertirse en una presentación formidable. Una estrategia que no se sostiene puede llegar con gráficos magníficos.
La corrección se democratiza. El criterio, no necesariamente.
Dos personas. La misma IA. Dos resultados distintos
Aquí es donde creo que nos estamos equivocando cuando despreciamos cualquier creación en la que haya intervenido una IA.
Imaginemos dos personas con el mismo objetivo y acceso exactamente al mismo modelo.
La primera describe lo que necesita, recibe un resultado razonable y lo acepta.
La segunda empieza por discutir el objetivo. Prueba enfoques. Descarta lo previsible. Conecta una experiencia personal con un problema que parecía no tener nada que ver. Cambia las preguntas. Detecta que una frase es correcta, pero no dice nada. Vuelve a empezar.
Ambas han utilizado inteligencia artificial.
No han hecho el mismo trabajo.
Y el resultado probablemente tampoco se parecerá demasiado.
Es lo mismo que ocurre con una cámara, un pincel o un programa de edición. Compartir herramienta no implica compartir mirada.
Por supuesto, hay una diferencia importante: una IA no es un pincel pasivo. Propone, combina, resuelve y a veces encuentra ideas que no se nos habrían ocurrido. Negarlo sería absurdo.
Pero que una herramienta participe creativamente no convierte automáticamente en irrelevante a quien decide qué buscar, qué rechazar, qué defender y por qué.
Crear no consiste únicamente en ejecutar. También es elegir el problema, reconocer una posibilidad, arriesgarse con una interpretación y hacerse responsable de lo que uno pone en el mundo.
Y eso no desaparece porque una parte del proceso la haga una máquina.
El riesgo no es la inteligencia artificial. Es la monotonía
Hay algo que ya empieza a cansarme.
Todo está demasiado bien.
Los textos tienen una estructura impecable. Las imágenes una luz perfecta. Las presentaciones suenan estratégicas. Los vídeos encadenan planos espectaculares. Las marcas hablan con el mismo entusiasmo medido y las mismas palabras cuidadosamente elegidas.
Todo correcto.
Todo reconocible.
Todo sospechosamente parecido.
Hemos encontrado una forma de producir apariencia de excelencia a escala industrial. Pero la escala también multiplica nuestros lugares comunes.
Si miles de personas aceptan la primera solución convincente que ofrece una herramienta entrenada con patrones ampliamente repetidos, obtendremos miles de versiones de una misma idea.
No porque la IA sea incapaz de salirse del patrón. Sino porque nosotros dejamos de exigirle que lo haga.
La IA puede multiplicar por diez nuestras posibilidades. También puede multiplicar por diez nuestra falta de imaginación.
Y quizá este sea el verdadero problema: la mediocridad ya no tendrá por qué parecer mediocre.
Tendrá buena tipografía. Buena iluminación. Un tono impecable. Y absolutamente nada que recordar.
Lo humano no es hacerlo todo a mano
Tampoco compro la reacción contraria: la idea de que, para que algo tenga valor, debamos demostrar que no hemos utilizado IA.
Sería una conclusión bastante triste.
No exigimos que un fotógrafo revele la imagen sin herramientas digitales para reconocer su criterio. No dejamos de atribuirle una película a su director porque no haya construido las cámaras. Y una canción no deja de ser interesante por utilizar instrumentos electrónicos.
Las herramientas modifican el proceso creativo. A veces de forma radical.
La autoría, además, no es una cuestión de todo o nada. Habrá trabajos profundamente dirigidos por una persona y otros donde esta apenas haya pulsado un botón. Fingir que son equivalentes también sería absurdo.
La cuestión es cuánto pensamiento, intención y responsabilidad hay detrás de las decisiones. No cuántos clics se dieron a mano.
Podemos pedirle a una IA que proponga cien caminos. Incluso podemos construir sistemas que exploren opciones sin que estemos pendientes de cada paso.
Eso no elimina la pregunta importante: ¿qué camino merece la pena recorrer? ¿Para quién? ¿Con qué consecuencias? ¿Qué estamos intentando expresar realmente?
Nuestra creatividad no vive únicamente en producir ocurrencias. Vive también en tener una historia, unas obsesiones, un contexto y una manera particular de relacionar cosas que, para otra persona, ni siquiera estarían conectadas.
A veces una idea aparece mientras ves un videoclip y acabas pensando en los correos de los alumnos de un instituto. No porque hayas seguido un método extraordinario, sino porque esas dos cosas han chocado dentro de una cabeza concreta.
La IA puede ayudarte a desarrollar esa relación. Puede contradecirla, mejorarla o proponer otras más interesantes.
Pero sigue importando quién encuentra significativo ese choque y decide hacer algo con él.
Cuando todo sea perfecto, tendremos que mirar más allá de la perfección
Creo que estamos entrando en una etapa incómoda de reajuste.
Antes un resultado muy pulido servía como señal aproximada de esfuerzo, conocimiento o talento. Ahora esa señal es menos fiable.
No significa que el talento haya desaparecido. Significa que tendremos que aprender a reconocerlo de otra manera.
Tal vez preguntando menos «¿cómo has conseguido hacerlo?» y más «¿por qué has decidido hacer precisamente esto?».
Tal vez valorando la capacidad de sostener una idea cuando alguien la cuestiona, de explicar las decisiones, de detectar lo que no funciona y de mantener una voz propia incluso cuando la herramienta ofrece una versión más cómoda, más amable y más previsible.
No quiero un futuro lleno de errores solo para demostrar que todavía somos humanos.
Quiero un futuro en el que más personas puedan expresarse bien, crear cosas que antes no podían y participar en disciplinas que les estaban cerradas.
Pero también quiero que no confundamos esa nueva capacidad de ejecución con tener criterio.
Poder hacerlo casi todo no significa tener algo que decir.
La IA no nos está quitando necesariamente la creatividad. Está haciendo más barata la perfección y más visible la diferencia entre producir y tener una mirada.
Puede que el futuro no premie tanto a quien escribe impecablemente, diseña impecablemente o presenta impecablemente.
Puede que premie a quien sea capaz de utilizar toda esa potencia para hacer algo que no se le habría ocurrido a nadie más, o para decir algo que otros no se atrevían a decir.
Y entonces la pregunta importante dejará de ser si hemos utilizado inteligencia artificial.
Seguramente será otra.